No aprendieron a morir pronto
Luego de la muerte de su madre, dos hermanas –Donira y Matztlán–deben resolver qué hacer con la casa familiar y una herencia improbable de ataúdes. Pero algo no cuaja: los días pierden su orden, los recuerdos se contradicen, las palabras parecen cambiar de significado y la casa empieza a adquirir una vida propia.
Mientras los vecinos sospechan, llaman a la puerta y esperan respuestas, las hermanas se esconden, discuten, inventan estrategias y se enfrentan a un pasado familiar poblado de difuntos, animales y extrañas formas de anticipar la muerte.
Entre el absurdo y la ternura, el humor negro y la pesadilla, en No aprendieron a morir tan pronto Emiliana Pereira construye un mundo donde nada parece obedecer las reglas de la realidad. Su escritura avanza como si pensara en voz alta: se detiene, vuelve sobre sí misma, abre historias dentro de otras historias y convierte cada objeto —una puerta, una placa dental, un ataúd— en una posibilidad narrativa. Porque para estas dos hermanas, la muerte no es exactamente un final: puede ser otra forma, quizá la más extraña, de permanecer juntas.