Infancia en dictadura
Hay dos palabras que no deberían tocarse jamás: infancia y dictadura. Que en Chile convivieran bajo el mismo cielo durante diecisiete años es una de las heridas que todavía no terminamos de nombrar. Este libro se atreve a nombrarla, y lo hace por el camino más hondo: el de los ojos de quienes eran demasiado pequeños para defenderse y, aun así, miraron de frente.
Lo digo con el cuerpo, no con la teoría. Los niños y las niñas estuvieron dentro de la represión desde el primer día, desde el mismo 11 de septiembre. Para el terror, la edad nunca fue un límite: a los hijos se los usó para que sus padres se entregaran, hablaran bajo tortura, corrieran su misma suerte. Hubo niños ejecutados y niños des- aparecidos, niños presos y torturados, niños que amanecieron huérfanos de un día para otro. Estuvieron, también, los nuestros, que aprendieron a caminar y a tener miedo a la vez, que conocieron la palabra allanamiento antes que tantas otras. Crecer en dictadura fue, para toda una generación, su única manera de crecer.
Y, sin embargo —aquí está lo que vuelve sagrado a este libro—, Kena Lorenzini salió a buscar algo más que el dolor. Salió a la calle con su máquina a pesar de las balas, adelante, donde casi nadie se atrevía, y encontró aquello que el régimen jamás logró doblegar: que esos niños seguían siendo niños. Que entre las piedras de una barricada cabía un juego, que junto a la olla común había una risa, que en mitad de un funeral unos ojos enormes guardaban al mismo tiempo el mie- do y la esperanza. Sus fotografías sostienen las dos verdades sin traicionar ninguna: la miseria y la dignidad, el espanto y la ternura, la lucha y la felicidad cruzándose una y otra vez. Ahí reside su grandeza: mirar a la infancia en dictadura y devolverle el rostro entero, fotografiarla a su altura, tratarla como sujeto y nunca como decorado del horror. Porque Kena y su cámara fueron siempre una sola cosa, y esa unidad tenía un nombre antiguo: la atención, que es la forma más alta del amor.