La coctelera
"Hasta que valga la pena vivir”, fue la última frase que leí antes
de iniciar la travesía de escribir este libro. Como psicóloga creo
que hay suficientes motivos para darse un aliento y encontrar las
verdaderas razones por las cuales vinimos a esta tierra. Lo difícil
es convencerse de ello y buscar la ayuda que tanto necesitamos y
tan poco creemos merecer.
Por ello, te sugiero que antes de ponernos cómodos e intentar
buscar una explicación de todo lo que nos pasa dentro de estas
páginas, hay que ponerse la meta personal de entendernos en
interconexión con el entorno, pues no somos piezas aisladas o in-
dependientes. Hay que comprender que somos seres complejos,
interconectados y con un alto sentido de la espiritualidad.
A veces caemos en un punto ciego y olvidamos que la meta
en este mundo es ser feliz —ojalá rodeado de amor, de gratitud
y de perdón—. Pero ser feliz no quiere decir que nuestra vida
sea color de rosa, que sintamos la mayoría del tiempo estados
de alegría, placer, regocijo, optimismo o gozo; sino que signifi-
ca comprender que somos un complejo entramado de afectos,
cogniciones, procesos biológicos, relaciones interpersonales y
visión de conexión, basada en la convicción de que existe algo
más grande, ya sea Dios, el Universo o la parte más profunda de
nosotros mismos.