El contagio
Apolonia, manipuladora de alimentos, vive como una obrera más del servicio de salud del Hospital Pedro Redentor. La aparición de Elías —un paciente cuyo origen, motivo de tratamiento e historia sugieren las de un preso político— genera un quiebre en su rutina, lo que la arrastra hacia la búsqueda de algo más: el viaje.
Han pasado casi treinta años desde que El contagio, tercera novela de Guadalupe Santa Cruz, vio la luz en 1997. Su rescate invoca esa escritura reflexiva e irreductible propia de la autora y su capacidad de interrogar el presente. En estas páginas, la narración explora cómo el deseo se propaga como el fuego: la chispa que enciende Elías remueve las estructuras sedimentadas del cotidiano de la protagonista hasta volverla una extraña en su propia vida. Así, Apolonia se desprende de lo que hasta entonces parecía natural, en la medida que su lenguaje se descompone, para escapar del encierro del hospital y encontrarse a sí misma en una región imaginaria de ciudades inventadas. Poniendo el cuerpo como centro de la experiencia, Santa Cruz construye una voz narrativa que se desvía y contamina, que ofende la pretensión de pureza de los relatos del Chile posdictatorial.