Viaje por Candelas
La música de Salvador Torre (compositor, flautista) es muy difícil de clasificar. No se puede encasillar en un solo género porque, a lo largo de su carrera, ha trabajado muy diversos estilos: música clásica contemporánea, electrónica, concreta, experimental, ambient, rock, post-rock y, últimamente, ha creado el género «Sound Tales», cuentos en sonido.
Suele construir atmósferas largas y texturales, estructuras no tradicionales y una mezcla de instrumentos acústicos y electrónicos, con un enfoque en paisajes sonoros más que en melodías.
¿Cómo se manifiesta su larga práctica como intérprete y su obra de compositor en un poema como «Viaje por candelas»? Para comenzar, hay que decir que, con un oído muy fino en acción, aun siendo un poema precoz (fue escrito a mediados de los años 1970), ya se puede señalar en este la calidad musical de su lenguaje y de su ritmo. A pesar de los neologismos que salpican el texto, el poema deja sentir ecos de un Rimbaud adolescente leído y asimilado por otro adolescente.
Al igual que su música, «Viaje por candelas» es una poesía muy difícil de clasificar. El viaje a la Sierra de San Miguelito mezcla imágenes extraídas del mundo real con otras que son creaciones del lenguaje, además de muchos recuerdos de la infancia y nombres de algunos lugares potosinos, tales como la Presa del Peaje, la Cañada del Lobo y Escalerillas (de donde —como el mismo autor me lo ha comentado personalmente— aparece la cantera rosa potosina: «cortinas de lluvias ascendemos / canteras en el fondo, rosas los pueblos sumergidos / en tardes líquidas de aliento...»).
La polisemia del extraño título, «Viaje por candelas», que lo mismo alude a un viaje provocado por la luz que a un viaje a través de la luz o en busca de ella, es la que nos guía a traspasar el significado del poema. Esta luz da cuenta de la naturaleza de esta eclosión poética con su lenguaje rítmico, corporal y alucinado.
Como dice el bello epígrafe del poeta Quasimodo: «La lluvia ya está con nosotros, sacudiendo el aire silencioso». Hagámonos uno con este silencio para dejar que el poema florezca.
Alberto Blanco