19 pasos camino místico
Tras una lectura integral, observamos que el mundo poético de este libro se configura en dos espacios opuestos: el mundo de abajo -la tierra, el mar, el desierto, el arenal-, y el mundo de arriba -el cielo, el azul, los astros, la luz.
El mundo de abajo es aquel “bajo la montaña” donde “la tierra acoge las cenizas”. Es un lugar de cuestas y barrancos, un sitio árido de suelo pedregoso y arenas abrasadoras, que hiere los pies del caminante. Es aquí el lugar donde caen las lágrimas de la poeta (“Los puñados de mis lágrimas/quedaron adheridos al suelo gredoso”).
El mundo de arriba es el del “azul cobalto”, el de la “inmensidad astral”, un lugar en donde hay coros celestiales y en donde suena la maravillosa música de las esferas. Allí las rosas abren sus pétalos y habitan las “almas sin tiempo”. Se divisa un Templo Universal, de mármol y dos escaleras blancas, en donde las “almas en oración renuevan el aliento” y “campanas al aire cantan la verdad de la casa”.
Entre medio de ambos espacios se encuentra el aire, que es desde donde nos habla la autora, sentada “sobre la roca del monte”, mirando el “valle lejano”. Se trata de un espacio intermedio entre la tierra y el cielo. Hay luces y sombras en el aire; hay palomas y alondras que “bajan del cielo y vuelven a subir”. Estas aves son mensajeras de Dios que guían el camino hacia la luz. Hay también palabras antiguas y mudas voces preñadas de sabios mensajes que transitan en el aire.
Estos dos mundos están unidos por un “puente”, un espacio de tránsito entre un mundo y el otro. Para atravesarlo, es necesario dejar atrás las preocupaciones, los dolores y sufrimientos propios de la vida terrenal. Cruzar el puente es perder la identidad terrenal para acceder a otra dimesión trascendente.