Seda
En un vestido de seda, espléndido, la mujer con el rostro de chiquilla se sentaba a su lado. Herve Joncour estaba en el extremo opuesto del cuarto: era asediado por el perfume dulzón de las mujeres que estaban en torno a él y sonreía con embarazo a los hombres que se divertían contándole historias que él no podía comprender. Mil veces buscó los ojos de ella, y mil veces ella encontró los suyos. Era una especie de danza triste, secreta e importante.