Hordas de escritura
Cecilia y Mariana son las rebeldes protagonistas de estas crónicas o poemas a dos voces; no las de ellas, sino la voz de la narradora junto a la tuya, que lees. Chus Pato bota así la cuarta pared, pero también las tres primeras en un viaje por las montañas europeas para el cual ha afinado el microscopio con el catalejo, ofreciéndonos el vértigo de un cambio de dimensiones que coquetea con lo abstracto, de un modo en que no parecía posible tratándose de una excursión así de situada temporal y geográficamente, entre termidor y Tebas. Como Lyn Hejinian, la poeta gallega añade capas de radicalidad a la biografía. Los cubos negros, pantallas quizás, o los colores de los sucesivos suelos que describe, se encargan de salvar las distancias y de fijar el asombro, desde la nota al pie en que las banderas se derivan de la placenta de los faraones hasta el diario aliterado de Jekyll por Ourense.
Una Europa divergente, andariega y abierta a la naturaleza animal, muy distinta de la que nos ha llegado a la periferia, sigue palpitando en la segunda mitad de Hordas de escritura, donde Chus Pato refresca el estado de las reflexiones metaliterarias, desde un yo entendido como la grieta entre aquella naturaleza y la potencia de la sintaxis femenina: «las que hablan son las mismas que no pueden hablar», apunta. Numerosas son aquí las antepasadas y las imágenes en movimiento. A la metáfora, ellas oponen metonimias del todo por la parte, del efecto por la causa, del signo por la cosa o viceversa, liberando los sentidos. A diferencia de los grandes relatos, esta escritura no se deja resumir ni clasificar y por ello nos acompaña como todo cuanto queremos, sabiamente doméstico sin que podamos domesticarlo.
—Enrique Winter